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Capítulo 4 de 6 · 5 min de lectura

Lo que Erebos le pidió

En Innistrad, una pesadilla le devuelve a Gideon lo que intentó olvidar. Y una nigromante entra en la Guardia.

La Guardia apenas había descansado cuando llegó la siguiente llamada.

Venía de Innistrad, un mundo de aldeas amuralladas y noches demasiado largas. Allí algo iba muy mal. Avacyn, el ángel protector del plano, se había vuelto contra los humanos. Los campos se llenaban de cosas que no deberían existir: personas con tentáculos donde antes tenían brazos, casas que respiraban, animales con demasiados ojos. Y en el cielo, cada noche, la luna mostraba una forma que no era la suya.

Era el tercer titán. Emrakul, la mayor de todos, la que había faltado en Zendikar.

Emrakul, el Final Prometido

Un enigma tan desconcertante como la vida misma.

El titán que no estaba en Zendikar había ido a buscar otro mundo.

Emrakul, el Final PrometidoEmrakul, the Promised End

Thraben

La batalla final se libró en Thraben, la ciudad de la catedral. Gideon luchó junto a los últimos defensores humanos, entre ellos una catara de mirada dura llamada Thalia, que había visto a su propio ángel convertirse en enemigo y seguía en pie de todos modos. A Gideon le gustó enseguida. Hablaban poco. No hacía falta.

Thalia, cátara herética

"El Concilio Lunarca no te garantiza la salvación. Hay que ganársela; por la espada, si es menester".

Thalia, cátara heréticaThalia, Heretic Cathar

Emrakul no luchaba como los otros titanes. No aplastaba: transformaba. Su influencia se metía en la mente de la gente, en los sueños, en los recuerdos, y los retorcía hasta que uno no sabía qué era real. Gideon cortaba engendros con su sural cuando, de pronto, el mundo a su alrededor cambió.

Ya no estaba en Thraben.

El campo de la lanza

Estaba en Theros. En la colina donde había caído el titán de Erebos, hacía tantos años. El sol de la tarde. El olor de la sangre. Y a su alrededor, de pie, vivos, los Irregulares.

Olexo le sonreía con la lanza mal cogida.

Gideon dio un paso hacia ellos, y entonces vio la sombra en el borde del campo. Alta, delgada, paciente. Erebos.

—Sé lo que quieres —le dijo el dios de los muertos, con una voz que sonaba igual que la recordaba—. Siempre lo he sabido. Dímelo tú. Dime qué quieres de verdad.

Erebos, dios de los muertos

Erebos, dios de los muertosErebos, God of the Dead

Gideon quiso responder que quería salvar a su gente, que quería justicia, que quería paz. Lo que dijo su corazón fue más pequeño: quería que no hubiera sido culpa suya. Y mientras lo pensaba, los Irregulares empezaron a caer otra vez. Uno a uno. Delante de él. Y ahora tenían las caras de Jace, de Chandra, de Nissa.

—No —dijo Gideon, con la voz rota—. Otra vez no.

Nunca supo si aquello fue Emrakul jugando con su mente o el propio Erebos aprovechando la grieta. En Innistrad, aquellos días, las dos cosas se parecían demasiado.

La voz que lo sacó

Lo sacó una voz. Primero la de Jace, metiéndose en su cabeza como una mano que tira de alguien que se ahoga.

Y luego, en Thraben, la de alguien que nadie esperaba.

Liliana Vess llegó con un ejército de muertos. Gideon había oído hablar de ella. Todos habían oído hablar de ella: la nigromante, la que había abierto la Bóveda Infernal, la que no hacía nada sin cobrarlo después. Y sin embargo allí estaba, levantando a los caídos de Innistrad para que lucharan contra los engendros de Emrakul.

—No me mires así, soldado —le dijo cuando pasó junto a él—. No lo hago por ti.

Gideon no supo nunca si era verdad. Pero los muertos de Liliana le dieron a la Guardia el tiempo que necesitaba. Con la ayuda de Tamiyo, una erudita de otro plano que conocía bien las lunas, consiguieron que Emrakul quedara encerrada dentro de la luna de plata de Innistrad. No la mataron. Nadie sabía cómo matar algo así. Pero la dejaron dormida, y el plano pudo volver a respirar.

Liliana, la Última Esperanza

Llegó cuando ya no quedaba esperanza. Y luego se quedó.

Liliana, la Última EsperanzaLiliana, the Last Hope

Un sitio en la mesa

Después hubo que decidir. Gideon y Jace le ofrecieron a Tamiyo un lugar en la Guardia, y ella lo rechazó con educación: tenía sus propios juramentos. Entonces Jace miró a Liliana.

Gideon notó algo raro en aquella mirada. Jace y Liliana se conocían de antes, mucho antes, y lo que hubo entre ellos no había terminado bien. Pero Jace la quería allí. Y Gideon, que había aprendido en Regatha que las personas no son lo que dicen las leyendas sobre ellas, también.

Chandra protestó. Nissa no dijo nada, pero se apartó un paso. Liliana, por su parte, sonrió como quien acepta una invitación a una fiesta que le parece un poco ridícula.

—Un club de héroes —dijo—. Qué entrañable. Está bien. Pero que conste que no pienso llevar uniforme.

Liliana pronunció su juramento. Gideon la creyó. Quizá porque quería creer que cualquiera, incluso ella, podía cambiar. Quizá porque él mismo había necesitado una segunda oportunidad.

Años más tarde, entendería que había tenido razón. Solo que no de la manera que esperaba.

Kaladesh

La siguiente parada fue Kaladesh, el mundo natal de Chandra: un plano de inventores, de ciudades llenas de máquinas brillantes y de una energía azul que lo movía todo. Allí la Guardia se metió en una revolución. Los inventores se rebelaban contra un gobierno que les quitaba sus creaciones, y detrás del gobierno estaba un planeswalker frío y metálico llamado Tezzeret.

Gideon no se sintió cómodo. Él había venido a detener amenazas del tamaño de un mundo, no a elegir bando en una guerra entre vecinos. Discutió con Chandra, que no tenía ninguna duda. Discutió con Liliana, que tenía muy pocos escrúpulos. Pero cuando hubo que ponerse delante, se puso.

Defendió a la gente del puerto de una máquina gigantesca. Ayudó a destruir el puente que Tezzeret estaba construyendo para viajar entre planos. Y conoció a un nuevo compañero: Ajani, un leonino sabio y fuerte, que pronunció también el juramento.

Ajani implacable

Ajani implacableAjani Unyielding

Tezzeret escapó. Pero la Guardia descubrió, al fin, para quién trabajaba. Un nombre que Gideon ya no podría olvidar.

Nicol Bolas.

Quién era el amo de TezzeretUgin y Nicol Bolas: dos dragones, un mismo huevoDos hermanos gemelos. Uno quiso entender el Multiverso; el otro, gobernarlo. Su rivalidad ha marcado milenios de historia.

Fin del capítulo 4

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