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Capítulo 1 de 8 · 6 min de lectura

La fiebre de Josu

En el bosque de Caligo, una joven sanadora toma la peor decisión de su vida.

El bosque de Caligo nunca estaba en silencio. Incluso de noche, cuando los soldados de la casa Vess dormían en sus tiendas y las hogueras se quedaban en brasas, algo se movía entre los árboles: ramas que crujían, agua que goteaba de las hojas, criaturas que nadie quería conocer. La gente de la región decía que el bosque tenía memoria. Que recordaba a cada uno de los que se habían perdido en él.

Liliana Vess había crecido escuchando esas historias, y nunca le habían dado miedo.

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"Arráncales el rostro. Los labios de estos herejes todavía pueden honrar al señor demonio".

En Caligo, la magia y la podredumbre crecían de la misma raíz.

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Era la hija pequeña de una familia noble venida a menos, de esas que conservan el apellido y la espada pero ya no tanto la fortuna. Su padre pasaba más tiempo en campaña que en casa. Su hermano mayor, Josu, había seguido sus pasos en cuanto tuvo edad para sostener un escudo: alto, terco, leal hasta la exageración, con esa risa fácil que hacía que los soldados lo siguieran a cualquier parte.

Liliana había elegido otro camino. Estudiaba para ser sanadora. Se pasaba los días entre vendas, ungüentos y libros de herbolaria, y era buena, muy buena. Sus maestros decían que tenía unas manos tranquilas. Lo que no sabían era por qué.

Liliana sentía la muerte.

No era una forma de hablar. Cuando se inclinaba sobre un herido, notaba algo frío instalado en su cuerpo, como una corriente de aire en una casa cerrada. Sabía cuánto le quedaba a cada paciente antes de que nadie se lo dijera. Y a veces, en los casos más graves, tenía la extraña certeza de que podía alcanzar ese frío con los dedos, agarrarlo y tirar de él hacia fuera. Nunca lo había intentado. Algo le decía que, si lo hacía, no habría vuelta atrás.

Ese algo tenía razón.

La noticia

Llegó una tarde de lluvia, con un jinete cubierto de barro hasta las cejas. Josu había caído en el frente. No por una flecha ni por una espada, sino por una enfermedad que nadie sabía nombrar. Una maldición de guerra, decían los soldados que lo traían en una camilla, lanzada por los hechiceros del enemigo. Ardía de fiebre, deliraba, y bajo la piel se le marcaban unas líneas oscuras que avanzaban cada hora un poco más.

Liliana lo intentó todo. Cataplasmas, infusiones, oraciones a dioses en los que no creía demasiado. Pasó tres noches sin dormir junto a su cama. Josu, en sus pocos momentos de lucidez, le apretaba la mano y le decía que no se preocupara, que había salido de cosas peores. Las líneas negras ya le llegaban al cuello.

—Hay una raíz —le dijo al fin su maestra, en voz baja, como quien confiesa algo prohibido—. En lo más profundo del bosque, en una arboleda antigua. Dicen que cura lo que nada más cura. Pero nadie que yo conozca ha vuelto de allí con ella.

Liliana se fue esa misma noche.

La arboleda

El camino le llevó dos días. Dos días de barro, de mosquitos, de árboles tan altos que tapaban el cielo, y de esa sensación constante de que el bosque la observaba. Cuando por fin llegó a la arboleda, lo que encontró le cortó la respiración.

No quedaba nada. Los árboles sagrados eran troncos negros y retorcidos, convertidos en carbón. Las cenizas todavía estaban tibias. Alguien había llegado antes que ella y lo había quemado todo.

Se dejó caer de rodillas. Pensó en Josu, en su risa, en su mano cada vez más débil apretando la suya. Y entonces oyó una voz a su espalda.

—Una lástima, ¿verdad? Tanto camino para nada.

Era un hombre alto y delgado, envuelto en una capa de plumas negras. Tenía algo de pájaro en la forma de inclinar la cabeza y unos ojos que brillaban como si supieran un chiste que nadie más conocía. Liliana nunca lo había visto, pero él le hablaba como si la conociera de toda la vida.

—Tu hermano se muere, Liliana. Y tú tienes en las manos justo lo que necesita. Siempre lo has tenido.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes. —El hombre sonrió—. Ese frío que sientes. Esa puerta que nunca te has atrevido a abrir. La cura no está en ninguna raíz: está en ti. Solo tienes que dejar de tener miedo.

Le explicó lo que tenía que hacer. Unas palabras, un gesto, una forma de mezclar sus remedios con aquello que ella había mantenido siempre a raya. Y antes de desaparecer entre los troncos quemados, añadió algo más, casi divertido:

—A tus maestros no les gustará. Pero tus maestros no están aquí, ¿verdad?

La cura

Volvió a casa sin dormir, con los pies destrozados y la cabeza llena de aquellas palabras. Josu ya no la reconocía. Respiraba con un silbido horrible y las líneas negras le cubrían media cara.

Liliana cerró la puerta. Hizo exactamente lo que el hombre de las plumas le había dicho. Y por primera vez en su vida, alargó la mano hacia el frío y tiró.

Liliana, sanadora herética

Liliana, sanadora herética Liliana, Heretical Healer

Funcionó. Durante un instante, funcionó.

La fiebre desapareció. Las líneas negras se borraron. Josu abrió los ojos y Liliana lloró de alivio… hasta que vio su mirada. No había nada en ella. Ni reconocimiento, ni alegría, ni rastro de su hermano. Lo que se incorporó en aquella cama tenía la cara de Josu, la voz de Josu y la fuerza de Josu, pero ya no estaba vivo. Era algo que solo recordaba cómo odiar.

Lo primero que hizo fue matar al guardia que entró a ver qué eran esos gritos.

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Lo que Liliana trajo de vuelta llevaba el nombre de su hermano. Nada más.

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La chispa

La casa se llenó de gritos. Josu recorría los pasillos con la espada desenvainada, y cada persona que se cruzaba con él caía. Criados, soldados, gente que Liliana conocía desde niña. Ella corría detrás, suplicando, llamándolo por su nombre, y él no se volvía.

Entonces hizo lo único que se le ocurrió. Lo más terrible.

Volvió a alargar la mano hacia el frío. Pero esta vez no lo buscó en un solo cuerpo, sino en todos: en los muertos que Josu iba dejando por el camino. Y los muertos la obedecieron. Se levantaron uno tras otro, con los ojos vacíos, y se lanzaron contra su hermano para detenerlo.

Animar a los muertos

Live After Death *(1985)*

Ninguna sanadora debería saber hacer esto. Liliana lo hizo sin pensarlo.

Animar a los muertos Animate Dead

Fue demasiado. Demasiado poder, demasiado horror, demasiada culpa en un solo instante. Algo se rompió dentro de ella, o quizá algo se encendió. El suelo desapareció bajo sus pies, las paredes se deshicieron como humo y el mundo entero se dobló hacia dentro.

Su chispa de planeswalker había despertado.

Cuando Liliana volvió a abrir los ojos, ya no estaba en Dominaria. El aire olía distinto, el cielo tenía otro color y no había nadie a su alrededor. Solo ella, con las manos todavía heladas y el eco de los gritos en los oídos.

Liliana, nigromante orgullosa

La sanadora murió aquella noche. La que despertó en otro plano era otra persona.

Liliana, nigromante orgullosa Liliana, Defiant Necromancer

Lloró. Mucho. Y cuando dejó de llorar, se dio cuenta de algo que la asustó más que todo lo anterior: el frío ya no le daba miedo. Le resultaba cómodo. Familiar. Suyo.

Muy lejos, en algún rincón del Multiverso que ella aún no sabía nombrar, un hombre con capa de plumas negras sonreía. Todo había salido exactamente como él quería.

Liliana tardaría siglos en descubrir quién era. Y aún más en entender todo lo que había perdido aquella noche.

Fin del capítulo 1

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En esta historia: Liliana VessJosu Vess