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Capítulo 5 de 7 · 5 min de lectura

La puerta que abrieron dos hermanos

Una piedra se parte en dos en las cuevas de Koilos. Pirexia ve su oportunidad y envía al más ambicioso de sus hijos.

Las cuevas de Koilos llevaban milenios en silencio cuando la arqueóloga Tocasia llegó con sus dos aprendices. Ella buscaba restos de los thran, esa civilización legendaria de la que solo quedaban ruinas y rumores. Urza y Mishra buscaban algo más difícil de explicar: la sensación de que allí abajo había algo que les estaba llamando.

Lo encontraron en lo más profundo, en una cámara que parecía construida ayer. Una piedra de poder enorme, perfecta, brillando en la oscuridad como si llevara cinco mil años esperando ese momento.

Era la cerradura de Rebbec. Pero eso ellos no lo sabían.

Dos mitades

Los dos hermanos tocaron la piedra a la vez. Y la piedra se partió.

Cada uno se quedó con una mitad. Urza, con la que llamaría la Piedra de la Fuerza. Mishra, con la Piedra de la Debilidad. Nunca se pusieron de acuerdo sobre cuál era mejor, ni sobre quién la había roto, ni sobre a quién pertenecía en realidad aquel tesoro. Esa discusión, que empezó en una cueva, terminaría convertida en la guerra más destructiva que Dominaria había visto en siglos.

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Una sola piedra, dos hermanos y ninguna forma de compartirla.

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La historia de esa guerra merece contarse aparte, y en esta web la contamos con detalle. Aquí nos interesa otra cosa: lo que pasó al otro lado de la cerradura cuando la piedra se partió.

Una rendija

El sello no se rompió del todo. Pero se debilitó. Por primera vez en cinco mil años, entre Pirexia y Dominaria se abrió una rendija. No lo bastante grande para que pasara un ejército. Sí lo bastante para que pasara alguien muy decidido.

Yawgmoth eligió a Gix.

Era el candidato perfecto: listo, ambicioso, completamente fiel y lo bastante vanidoso como para creer que la misión era una recompensa. Su tarea era sencilla de explicar. Ir a Dominaria, encontrar a los que habían abierto la puerta y asegurarse de que, la próxima vez, la abrieran del todo.

Gix, magistrado de Yawgmoth

Gix, magistrado de YawgmothGix, Yawgmoth Praetor

El hermano equivocado

Gix observó a los dos hermanos durante años. Urza era frío, obsesivo, convencido de que tenía razón en todo. Mishra era más cálido, más carismático y estaba mucho más herido. Había crecido a la sombra de su hermano y no lo soportaba. Con el tiempo se había ido a vivir con los fallaji, un pueblo nómada del desierto, y había llegado a ser su gran líder militar.

Gix eligió a Mishra.

Urza le parecía demasiado frío para dejarse tentar. Un hombre que solo cree en sí mismo es difícil de convencer de nada. Mishra, en cambio, tenía hambre: de reconocimiento, de victoria, de que alguien le dijera por fin que era mejor que su hermano. Y el hambre, Gix lo sabía bien, es la puerta más fácil de abrir. Él mismo había entrado por ella cinco mil años antes, de la mano de un médico que le prometió un cuerpo mejor.

No lo hizo con amenazas, sino con regalos. Primero fueron consejos. Luego máquinas: diseños de guerra imposibles, motores monstruosos, criaturas mecánicas que ningún artífice de Dominaria habría sabido construir. Mishra, que solo quería ganar a su hermano, aceptó todo lo que le ofrecían sin preguntar demasiado de dónde venía.

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Mishra creyó que estas máquinas eran suyas. Pirexia sabía que el regalo era él.

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Y poco a poco, regalo a regalo, Mishra dejó de ser del todo Mishra. Gix lo fue cambiando por dentro, igual que Yawgmoth había cambiado a los enfermos de tisis miles de años antes. Cuando la guerra de los hermanos llegó a su final, la mitad de lo que quedaba de Mishra ya pertenecía a Pirexia.

Mishra, poseído por Gix

El hermano pequeño quiso ganar a cualquier precio. Gix le cobró el precio.

Mishra, poseído por GixMishra, Claimed by Gix

Argoth

La guerra terminó de la peor manera posible. En el bosque sagrado de Argoth, Urza activó un artefacto antiguo de un poder inimaginable. La explosión borró el bosque, mató a Mishra y a todos los que estaban cerca y hundió Dominaria en una era de hielo que duraría siglos.

Y algo más. Las dos mitades de la piedra de Koilos, que Urza llevaba encima, se fundieron con él en el momento de la explosión. Cuando el humo se disipó, Urza ya no era un hombre. Tenía dos gemas en lugar de ojos, una chispa ardiendo dentro y la capacidad de caminar entre los planos.

Urza se había convertido en planeswalker.

En Pirexia, Yawgmoth recibió la noticia en silencio. Había perdido a Mishra, su mejor peón. Había visto cómo Dominaria se congelaba, lo que haría mucho más difícil cualquier invasión. Pero había descubierto algo valioso: un enemigo digno de él.

Un visitante

Urza tardó muchos años en entender lo que había pasado en realidad durante la guerra. Cuando por fin lo comprendió, cuando supo quién había estado detrás de Mishra, detrás de las máquinas, detrás de todo, hizo algo que solo un planeswalker obsesivo y un poco loco habría hecho.

Fue a Pirexia en persona.

Le acompañaba una pirexiana renegada, Xantcha, una criatura creada para infiltrarse en Dominaria que había acabado desobedeciendo a sus creadores. Ella le enseñó el camino.

Xantcha, agente durmiente

Nació pirexiana, la enviaron como espía y decidió ser otra cosa.

Xantcha, agente durmienteXantcha, Sleeper Agent

Imagina a un hombre que lleva siglos creyendo que su peor enemigo fue su propio hermano. Imagina que descubre que su hermano solo fue una herramienta. Que la guerra que destruyó su mundo la diseñaron desde otro, como quien prepara un experimento. Urza cruzó a Pirexia con esa rabia en el pecho, y nada de lo que encontró allí la calmó.

Lo que Urza vio allí le persiguió el resto de su larguísima vida. Las fábricas, las esferas, los cuerpos abiertos y cerrados, la fe ciega de millones de criaturas en un dios que hablaba dentro de sus cabezas. Salió de Pirexia con una única certeza: aquel mundo volvería. Atacaría Dominaria con todo lo que tuviera. Y nadie estaría preparado.

Nadie, salvo él.

Desde la esfera más profunda, Yawgmoth vio marcharse al planeswalker y no hizo nada por detenerlo. Quería que se fuera. Quería que se preparara. Una partida, al fin y al cabo, solo tiene gracia si el rival sabe jugar.

La guerra de los hermanosLa invasión pirexiana: de Urza a Elesh NornCómo Urza y Mishra pasaron de compartir una cueva a destruir un continente, y lo que vino miles de años después.

Fin del capítulo 5

Siguiente · Capítulo 6La partida más largaDurante milenios, Yawgmoth y Urza mueven piezas sobre el tablero de Dominaria. Una de ellas se llama Gerrard.Seguir leyendo →

En esta historia: YawgmothUrzaMishraKarnGerrard Capashen