Zendikar ya no era Zendikar.
Nahiri apareció en lo que debía ser una selva y encontró un desierto blanco. El suelo crujía bajo sus botas como ceniza helada. Los árboles eran esqueletos de polvo que se deshacían al tocarlos. Los hedrones, sus hedrones, yacían partidos por la mitad, tirados como juguetes rotos, con los símbolos apagados.
Los titanes habían despertado mientras ella estaba encerrada. La prisión que había construido y reparado con sus propias manos se había roto, y nadie había estado allí para impedirlo.
El juramento de la piedra
Recorrió el plano durante días. Vio clanes kor enteros que ya no existían. Vio ciudades convertidas en polvo. Vio a los supervivientes escondidos en los pocos rincones que quedaban vivos, con la mirada vacía de quien ha dejado de esperar nada. Y en algún momento de aquel viaje, Nahiri dejó de llorar.
Nadie le contó que, al final, otros planeswalkers habían acabado con dos de los titanes. O se lo contaron y no le importó. Lo único que veía era la ruina. Y lo único que sabía era quién tenía la culpa.
En un risco de Akoum encontró a un viejo kor que reparaba cuerdas con las manos temblorosas. Le preguntó qué había pasado. El anciano le habló de monstruos que salían de la tierra, de dioses que resultaron no ser dioses, de una profeta antigua que, según las leyendas, debía protegerlos y nunca apareció. No la reconoció. Nahiri le dio las gracias y siguió caminando sin decirle quién era.
Sorin no había venido cuando lo llamó. Sorin la había encerrado. Sorin había dejado que todo esto pasara.
De pie sobre los restos de un hedrón, Nahiri hizo un juramento en voz alta, a nadie y a todo el mundo: Innistrad sufriría lo mismo que había sufrido Zendikar. Sorin iba a saber lo que se sentía al ver morir lo que uno ama, sin poder hacer nada.
"¡Tú te lo has buscado, Sorin!".
Siglos de rabia comprimida, como mineral bajo la montaña. Por fin tenía por dónde salir.
Furia de NahiriNahiri's Wrath
La mansión Markov
Volvió a Innistrad sin hacer ruido. Y lo primero que hizo fue golpear donde más le dolería a Sorin: en su familia.
La mansión Markov, el hogar ancestral del linaje de vampiros más antiguo del plano, se levantaba entre colinas, llena de nobles de sangre que dormían en sus salones. Nahiri puso las manos en sus cimientos y escuchó la piedra. Luego le pidió que se moviera.
La mansión entera se retorció. Las paredes se plegaron sobre sí mismas, las torres se doblaron como velas derretidas, los pasillos se cruzaron unos con otros en ángulos imposibles. Y los vampiros que había dentro quedaron atrapados en aquella piedra viva, fundidos con ella, condenados a una agonía que no terminaba.
"Sorin, voy a arrebatártelo todo".
Una mansión entera doblada como una hoja de papel. Era solo el principio.
Maquinaciones de NahiriNahiri's Machinations
Las piedras que llaman
Pero Nahiri quería algo más grande que una casa. Quería un titán.
Sabía que Emrakul, la última y la mayor de los eldrazi, no había caído en Zendikar. Seguía libre, en algún lugar del vacío. Y Nahiri, que había construido la jaula que la retuvo durante milenios, sabía mejor que nadie cómo hacer lo contrario: cómo llamarla.
Empezó a levantar piedras por todo Innistrad. Monolitos tallados, extraños, cubiertos de símbolos que los humanos no entendían, plantados en campos, encrucijadas y cementerios. Los lugareños los llamaron criptolitos. Cada uno recogía la energía del plano y la empujaba en una dirección muy concreta, como una antena apuntando al cielo.
Una piedra en un cruce de caminos. Nadie sabía a quién estaba llamando.
Fragmento de criptolitoCryptolith Fragment
Encontró ayuda donde menos se esperaba. Una nigromante caprichosa, Gisa, le prestó sus necrófagos para el trabajo pesado, y con ellos Nahiri construyó el punto central de todo el sistema: un templo en lo alto de los acantilados de la costa, junto a un lugar donde el mar escupía cadáveres. Allí convergían todas las líneas. Allí llegaría Emrakul.
"¡Es aquí! ¡Todos los criptolitos apuntan aquí!".
— Jace Beleren
Un templo levantado con manos de muertos para recibir a una diosa del vacío.
Templo del cementerio marinoDrownyard Temple
La locura
Innistrad empezó a cambiar mucho antes de que Emrakul apareciera. Los sueños de la gente se llenaron de tentáculos. Los cultos crecían en las aldeas. Las criaturas se deformaban sin motivo. Y lo peor de todo: Avacyn, el ángel protector, empezó a comportarse de forma extraña. Atacaba a los humanos que debía proteger. Purgaba aldeas enteras convencida de que estaban corrompidas.
Nahiri no había planeado eso exactamente. Pero no le pareció mal.
Sorin volvió a Innistrad y vio en qué se había convertido su obra maestra. Hizo entonces lo más difícil de su larga vida: deshizo a Avacyn con sus propias manos. El ángel que había creado para salvar a los humanos se rompió como el cristal, y Sorin se quedó mirando el vacío donde había estado.
En ese preciso momento, Emrakul llegó.
Un enigma tan desconcertante como la vida misma.
Nahiri la llamó para castigar a uno. Vino a por todos.
Emrakul, el Final PrometidoEmrakul, the Promised End
Encerrado en piedra
La luna de Innistrad se torció. El plano entero empezó a disolverse en la locura del titán. Y Sorin, con Avacyn muerta y su mundo hundiéndose, decidió acabar con la causa. Llamó a Olivia Voldaren, la vampira más poderosa de Innistrad, y le pidió lo único que Olivia hacía mejor que nadie: atacar.
Los vampiros de Olivia cayeron sobre Nahiri y sus seguidores en las ruinas de la mansión Markov. Fue una carnicería. Nahiri peleó con todo lo que tenía, con lanzas de piedra y cuchillas de metal, rodeada de cultistas y de abominaciones eldrazi que habían surgido de su propio plan. Y la hirieron. Mucho.
Sorin pidió un ejército. Olivia se lo dio encantada.
Olivia, movilizada para la guerraOlivia, Mobilized for War
Pero aún tuvo fuerza para una última cosa. Cuando Sorin se acercó a ella, Nahiri puso las manos en el suelo, y la piedra se levantó y se cerró sobre él. Lo envolvió entero, como una crisálida, dejando solo su cara asomando de la roca. Igual que él la había encerrado en la plata, ella lo encerraba ahora en la piedra.
Luego, sangrando, desapareció de Innistrad.
Nunca vio cómo terminaba la historia: cómo un grupo de planeswalkers encerró a Emrakul dentro de la luna. Tampoco le importaba. Había cumplido su juramento. Sorin sabía lo que era perderlo todo.
Lo que Nahiri no sabía todavía es que una venganza cumplida no llena nada. Solo deja otro hueco.
El otro lado de la venganzaSorin Markov: el guardián imperfectoLo que significó Avacyn para Sorin, por qué la deshizo y qué quedó de él tras la venganza de Nahiri. El último titánLos Eldrazi: los titanes del vacíoQué pasó con Emrakul en Innistrad y cómo acabó encerrada en la luna.





