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Capítulo 3 de 6 · 5 min de lectura

La señal sin respuesta

La prisión empieza a ceder. Nahiri llama a sus compañeros y espera.

Los siglos pasan de otra forma para un planeswalker. Nahiri lo descubrió en Zendikar, sola, mientras los clanes kor nacían, crecían y desaparecían a su alrededor como olas en una playa. Ella seguía igual. Seguía cuidando sus hedrones.

Al principio lo hacía en persona. Recorría el plano de un extremo a otro, comprobaba cada pieza de la red, corregía una inclinación aquí, reforzaba un símbolo allá. Luego empezó a enseñar a otros. Escogió a los kor más hábiles, a los que tenían algo de su don con la piedra, y les explicó cómo funcionaban los hedrones y por qué jamás debían moverse las piezas equivocadas.

Discípulos

Durante generaciones, sus discípulos mantuvieron la prisión. Eran pocos y discretos. Pasaban sus conocimientos de maestro a aprendiz, igual que los kor pasaban sus cuerdas y sus garfios de padres a hijos. Nahiri los visitaba de vez en cuando, los corregía, les recordaba lo que había debajo de sus pies.

Santificadores kor

"¿Para qué llevar esas bagatelas? Sólo agregan peso a nuestro viaje."

Guardianes de un secreto que, con los siglos, dejaron de entender.

Santificadores korKor Sanctifiers

Pero hasta la piedra se cansa. Y Nahiri, que llevaba más tiempo despierta del que ningún kor podía imaginar, acabó retirándose. Se encerró en un lugar apartado, bajo tierra, y se dejó llevar por un sueño largo y profundo, confiando en que sus discípulos sabrían qué hacer.

Durmió mucho. Demasiado.

Los dioses equivocados

Mientras ella dormía, las enseñanzas se torcieron. Lo que había empezado como una lección precisa, transmitida con cuidado, se fue convirtiendo en un relato. Y el relato, con cada generación, se fue convirtiendo en una religión.

Los kor dejaron de recordar que bajo la tierra dormían tres monstruos. En su lugar, empezaron a hablar de tres dioses: Talib, Kamsa y Mangeni. Dioses protectores, sabios, antiguos, a los que había que venerar. Nadie recordaba ya que esos nombres eran los de Kozilek, Emrakul y Ulamog. Y a la mujer que los había encerrado, de la que también se seguían contando historias, la convirtieron en una especie de profeta de esos mismos dioses.

Si Nahiri lo hubiera sabido, se habría echado a reír. O a llorar.

Emeria, la Ruina Celeste

Ruinas en el cielo, templos en la tierra. Los kor ya no sabían qué estaban adorando.

Emeria, la Ruina CelesteEmeria, the Sky Ruin

Un santuario en mal sitio

No fueron los kor quienes rompieron la jaula. Fueron los vampiros.

En Zendikar también vivían vampiros, muy distintos de los de Innistrad: un pueblo orgulloso y cruel que, como todos los demás, había olvidado qué era aquella red de piedras que salpicaba el plano. Un día levantaron un gran santuario justo encima de uno de los nudos principales de la red, en un punto donde varias líneas de energía se cruzaban. Movieron hedrones para construirlo. Alteraron justamente lo que Ugin había dicho que nunca debía alterarse.

Bruja sangrienta de Malakir

Construyeron un templo sobre la piedra que no debían tocar. No tenían ni idea.

Bruja sangrienta de MalakirMalakir Bloodwitch

La prisión se resintió. No se abrió del todo, pero empezó a filtrar. Por las grietas salieron criaturas que no tenían nada que ver con los titanes dormidos y a la vez tenían todo que ver: sus crías, su progenie, seres menores que se arrastraban hasta la superficie y empezaban a convertir el paisaje en polvo blanco.

Aquel temblor despertó a Nahiri.

La llamada

Abrió los ojos en la oscuridad y supo enseguida que algo iba mal. Lo notaba en la piedra, en los huesos, en cada hedrón que había tallado con sus propias manos. La jaula estaba cediendo.

Hizo exactamente lo que se había acordado. Activó la señal, la que debía llegar a Sorin y a Ugin dondequiera que estuvieran, para que volvieran a Zendikar y la ayudaran a reparar la prisión. Luego se sentó a esperar.

Cangrejo de edro

Los edros dejan perplejas a mentes grandes y pequeñas.

La red vibraba como una cuerda tensada. Nahiri escuchaba, esperando una respuesta.

Cangrejo de edroHedron Crab

Esperó un día. Una semana. Un mes.

Cada amanecer subía a lo alto de un risco y miraba el cielo, convencida de que en cualquier momento vería abrirse un hueco en el aire y aparecer la silueta pálida de Sorin, o la sombra inmensa de un dragón gris. Ensayaba lo que les diría. Primero pensó en reprocharles la tardanza. Luego, solo en darles las gracias por venir. Al final, ni siquiera eso: solo quería verlos aparecer.

Mientras tanto, por las noches, mantenía a raya las grietas como podía, con las manos en la piedra hasta que le sangraban los dedos.

Nadie vino.

Las crías eldrazi seguían saliendo. Los kor seguían rezando a sus dioses equivocados. Los vampiros seguían en su santuario sin entender por qué la tierra se volvía blanca a su alrededor. Y Nahiri, de pie junto a un hedrón que zumbaba como un enjambre, entendió que estaba sola.

La que lo arregló todo

Lo hizo ella misma.

Expulsó a los vampiros del nudo. Destruyó a las crías que habían escapado, una por una, con lanzas de piedra que levantaba del suelo y hojas de metal que sacaba de las vetas como quien desenvaina una espada. Recolocó los hedrones que se habían movido. Recalibró las líneas de energía. Volvió a sellar las grietas con sus propias manos, piedra a piedra, durante un tiempo que nadie ha sabido medir.

La prisión volvió a cerrarse. Los titanes siguieron dormidos.

Nahiri, heredera de los antiguos

Lo que debían reparar tres, lo reparó una sola. Y no lo olvidó.

Nahiri, heredera de los antiguosNahiri, Heir of the Ancients

Cuando terminó, Nahiri se quedó mirando el horizonte de Zendikar durante mucho rato. Ya no sentía miedo. Ni siquiera alivio. Sentía otra cosa, una mezcla fría y pesada que todavía no tenía nombre.

Ugin era un dragón; quizá estaba demasiado lejos, quizá tenía sus razones. Pero Sorin… Sorin la había recogido en Innistrad cuando era una niña. Sorin le había enseñado el Multiverso. Sorin le había prometido que vendría.

Quería saber por qué no había venido.

Así que dejó Zendikar y viajó, por segunda vez en su vida, a un mundo de niebla, iglesias de piedra y bosques que aullaban por la noche. Iba a pedir explicaciones. Lo que encontró allí fue mucho peor que el silencio.

Lo que esperaba en InnistradLa Bóveda InfernalMientras Nahiri vigilaba Zendikar, Sorin había tallado algo en la luna de Innistrad. Algo en lo que cabía una amiga.

Fin del capítulo 3

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