La invasión empezó con una sombra en el cielo.
Rath, el plano artificial que Yawgmoth había preparado durante siglos, comenzó a superponerse a Dominaria. Primero en un lugar, luego en otro. Donde Rath tocaba el suelo, aparecían de la nada fortalezas, máquinas y ejércitos enteros. No hubo declaración de guerra ni embajadores. Un día el cielo estaba en su sitio y al siguiente llovían pirexianos.
El año de la invasión
Lo que siguió fue lo más parecido al fin del mundo que Dominaria había vivido. Los pirexianos atacaron en todos los frentes a la vez. Arrasaron ciudades enteras de Benalia, quemaron los bosques de Llanowar, asaltaron las islas y las montañas. Los agentes durmientes que llevaban siglos escondidos se despertaron a la vez y atacaron desde dentro.
Yawgmoth no envió solo soldados. Envió plagas. Máquinas enormes que soltaban enfermedades sobre los campos y las ciudades, convirtiendo a los vivos en muertos y a los muertos en nuevos soldados de Pirexia. El viejo médico de los thran seguía siendo, en el fondo, un experto en enfermedades. Solo que ahora las fabricaba.
Para Yawgmoth, Dominaria no era un enemigo: era un paciente que había que abrir.
Agenda de YawgmonthYawgmoth's Agenda
Los pueblos de Dominaria, que llevaban siglos peleándose entre sí, tuvieron que unirse a toda prisa. Elfos, humanos, magos, guerreros, reinos que se odiaban: todos acabaron luchando en el mismo bando. Y en el centro de esa coalición, el Vientoligero volaba de batalla en batalla con Gerrard al timón.
Los titanes de Urza
Urza tenía un plan propio. No se conformaba con defenderse: quería llevar la guerra al corazón del enemigo.
Reunió a un grupo de planeswalkers, entre ellos el señor de Urborg Lord Windgrace y la protectora de Llanowar Freyalise, y los equipó con armaduras gigantescas, máquinas de guerra del tamaño de una montaña. Los llamaban los Titanes. Su misión era invadir Pirexia mientras Pirexia invadía Dominaria.
Uno de los titanes de Urza, que cambió la tranquilidad de Urborg por una guerra en el infierno.
No todos los titanes eran de fiar, y no todos volvieron. Pero su ataque hizo temblar las esferas de Pirexia como nunca antes. Por primera vez en cinco mil años, alguien llevaba la destrucción a la casa de Yawgmoth.
Urza y Gerrard
Al final, Urza y Gerrard llegaron juntos a Pirexia. El creador del Legado y el héroe que había fabricado para usarlo, frente a frente con el dios al que llevaban toda la vida esperando.
Y Yawgmoth hizo lo que mejor sabía hacer: buscar la herida y meter el dedo.
Gerrard llevaba toda la vida descubriendo que su existencia había sido planeada. Que su sangre, sus amigos, su barco y hasta su sufrimiento eran parte del proyecto de un planeswalker obsesivo. Yawgmoth le habló de todo eso. Le mostró cuántos habían muerto por los planes de Urza. Le enseñó lo poco que le había importado a Urza la gente por el camino.
—Él te hizo —le susurró el dios, con una voz que sonaba en todas partes a la vez—. Eligió a tus abuelos. Eligió a tus padres. Eligió a la gente que te quiso y a la que perdiste. ¿Alguna vez te preguntó qué querías tú?
Gerrard miró a Urza. Y Urza, que nunca había sabido pedir perdón, no dijo nada.
No sabemos exactamente qué más palabras usó Yawgmoth. Sabemos que funcionaron. Urza murió en Pirexia, y la mano que lo mató, manipulada por las artes del dios de las máquinas, fue la de Gerrard.
El héroe que Urza había fabricado acabó siendo la última pieza en la partida de otro.
Yawgmoth sonrió. Había ganado la partida de los cuatro mil años. O eso creía.
La última pieza
Gerrard volvió a Dominaria destrozado. Pero no volvió con las manos vacías. Llevaba consigo lo que quedaba de Urza, y con ello la última llave del Legado.
Porque Urza, como siempre, había previsto más de lo que contaba. El Legado no era un conjunto de armas: era una sola arma con muchas piezas. Y la pieza central, la que lo activaba todo, no era Gerrard. Era Karn, el gólem de plata que odiaba la violencia.
Cuando todas las piezas estuvieron juntas, cuando Gerrard, Karn y el Vientoligero ocuparon su lugar, el Legado despertó.
Con un único destello cegador, Yawgmoth fue aniquilado y Urza pudo descansar al fin.
Cuatro mil años de preparación para un solo instante de luz.
Arma del LegadoLegacy Weapon
El final de un dios
Para entonces, Yawgmoth había llegado a Dominaria en persona. No como un hombre, sino como algo mucho más grande: una presencia oscura que cubría el cielo, que se metía en los pulmones de la gente y en sus pensamientos, que parecía imposible de tocar. El médico de Halcyon había vuelto por fin al mundo que lo expulsó.
Dicen los supervivientes que, en aquellos últimos días, la gente oía su voz en sueños. Una voz tranquila, amable, de médico de cabecera, que les decía que no tuvieran miedo, que el dolor iba a terminar, que solo tenían que dejarse curar. Muchos despertaban llorando. Algunos no despertaban.
Contra eso no había espadas que valieran. Solo quedaba una cosa por intentar.
La luz del Legado lo alcanzó de lleno.
Fue un golpe pensado para él y solo para él. Durante un instante, el dios de las máquinas volvió a ser lo que había sido al principio: un ser que podía romperse. Y se rompió. Su presencia se deshizo como el humo en el viento, sus ejércitos se quedaron sin voz dentro de la cabeza y, en todo el mundo, millones de pirexianos dejaron de saber qué hacer.
Gerrard no sobrevivió para verlo. Pagó con su vida el final de la guerra, y con él cayeron muchos de los mejores de Dominaria.
Su voluntad movió mundos durante cinco mil años. Al final, no bastó.
Voluntad de YawgmothYawgmoth's Will
Lo que quedó en el metal
Dominaria sobrevivió, herida y cambiada para siempre. Pirexia quedó desgarrada, sin su dios y sin su propósito. Parecía que la historia había terminado.
Pero no del todo. En el momento final, algo pasó con Karn. El gólem de plata despertó con una chispa propia: se había convertido en planeswalker. Y dentro de su cuerpo de metal, sin que nadie lo supiera, viajaba algo minúsculo y terrible. Una gota de aceite negro y brillante.
El padre de Pirexia había muerto. Sus hijos todavía no.
Lo que vino despuésLa invasión pirexiana: de Urza a Elesh NornUna gota de aceite, un mundo de metal y la invasión que estuvo a punto de devorar el Multiverso entero.




