Imagina un mundo que no ha crecido, sino que ha sido construido. Un mundo hecho por capas, como una cebolla de metal, donde cada capa es más profunda, más caliente y más extraña que la anterior.
Eso era Pirexia.
Tenía nueve niveles, nueve esferas, una dentro de otra. En las más exteriores había montañas de chatarra, cielos de humo y fábricas que nunca paraban. Cuanto más se bajaba, más ardía el aire, más espeso se volvía el ruido y menos se parecía todo a cualquier cosa que un ser vivo de Dominaria pudiera reconocer. Y en lo más hondo, en la esfera central, en el corazón de aquel mundo, estaba él.
El dios de las máquinas
Yawgmoth no tardó en dejar de ser un hombre. Pirexia le dio lo que ningún consejo de Halcyon le habría dado jamás: un mundo entero para experimentar. Y él experimentó consigo mismo antes que con nadie.
Con el tiempo su cuerpo se volvió algo difícil de describir. Algunos de sus siervos decían que tenía forma humana; otros, que era una presencia sin forma fija, una voluntad enorme que lo llenaba todo. Lo que sí sabían todos es que hablaba dentro de sus cabezas, que veía lo que ellos veían y que nada en Pirexia ocurría sin que él lo supiera.
Sus fieles dejaron de llamarlo maestro. Empezaron a llamarlo padre. Y luego, simplemente, dios.
"Un contorno maldito que contemplar. Aunque sus pasillos estén vacíos, sus viles sombras arruinan la tierra. Me dan escalofríos con tan solo pensar en las maldades que sucedieron ahí".
— Koth
Cada torre de Pirexia era a la vez fábrica, templo y matadero.
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La carne es débil
La religión que nació en Pirexia era sencilla de explicar y terrible de vivir. La carne era débil. Se pudría, se cansaba, sentía dolor y miedo. El metal no. Así que el único camino hacia la perfección era sustituir, poco a poco, todo lo que fuera carne por algo mejor.
A ese proceso lo llamaban compleción.
Ser compleado era el mayor honor que podía recibir un pirexiano. Significaba que tu cuerpo había sido abierto, mejorado y cerrado de nuevo según la visión de Yawgmoth. Que habías dejado de ser un error para convertirte en una pieza útil. Los pirexianos no lo vivían como una tortura, sino como una bendición. Y eso, en el fondo, era lo más aterrador de todo.
La doctrina de Pirexia cabía en una frase: la carne es un error que se puede corregir.
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Para mantener vivos a sus hijos, Pirexia contaba con un fluido extraño que corría por sus máquinas y por sus cuerpos: un aceite negro y brillante que hacía de sangre, de combustible y de algo más. Los pirexianos lo trataban casi como una sustancia sagrada. Miles de años después, ese aceite tendría un papel terrible en esta historia, pero eso todavía estaba muy lejos.
Los hijos de la novena esfera
Alrededor de Yawgmoth se formó una corte. En lo más alto estaban los que llamaban los Inefables, sus sacerdotes y servidores más cercanos, seres que habían sido humanos thran y ya no lo eran en absoluto. Gix era uno de ellos, siempre pendiente de subir un peldaño más en el favor de su señor.
Por debajo había generaciones enteras de criaturas creadas en las fábricas de Pirexia: soldados, sacerdotes, ingenieros, bestias de guerra, espías. Cada una diseñada para una tarea concreta. Algunas apenas recordaban haber sido otra cosa. Otras habían nacido ya pirexianas, sin haber sido carne jamás.
Yawgmoth no los quería como un padre quiere a sus hijos. Los quería como un artesano quiere a sus herramientas: los cuidaba mientras servían y los fundía cuando dejaban de hacerlo.
Cuentan que una vez, en los primeros siglos, uno de sus sacerdotes se atrevió a preguntarle si echaba de menos Halcyon. Si alguna vez pensaba en Rebbec, en la ciudad de luz, en los pacientes de su juventud. Yawgmoth tardó mucho en responder.
—Pienso en ellos cada día —dijo al fin—. Igual que un cirujano piensa en la operación que dejó a medias.
El sacerdote no volvió a preguntar nada. Al día siguiente lo mejoraron un poco más, y ya no tuvo más dudas.
They exist to cease.
Criaturas hechas para la guerra, sin miedo y sin otra voluntad que la de su dios.
Negador pirexianoPhyrexian Negator
Un mundo que se miraba en el espejo
Pasaron los siglos. Luego los milenios. Al otro lado de la puerta sellada, Dominaria cambiaba: nacían reinos, caían imperios, los thran se convertían en ruinas y en leyendas. En Pirexia, en cambio, el tiempo parecía no pasar. Las fábricas producían. Los cuerpos se mejoraban. Y Yawgmoth esperaba.
Porque Pirexia, por grande que fuera, tenía un problema: era una jaula. Un mundo artificial, pequeño, cerrado. Yawgmoth había conseguido todo lo que quería dentro de él, y precisamente por eso le resultaba insuficiente. Había un mundo ahí fuera lleno de carne imperfecta, de gente que enfermaba y envejecía y moría. Un mundo que, a sus ojos, necesitaba desesperadamente un médico.
Y además, ese mundo lo había echado. Dos veces.
He craves only one commodity.
Todo en Pirexia tenía un precio, y siempre lo pagaba otro.
Oferta de YawgmothYawgmoth's Bargain
La cerradura y la llave
El sello de Rebbec seguía funcionando. La gran piedra de poder de las cuevas de Koilos aguantaba, milenio tras milenio, impidiendo que Pirexia volviera a tocar Dominaria. Yawgmoth había probado mil maneras de romperla desde su lado, y ninguna había servido.
Pero un sello que se hace con una piedra se puede deshacer con esa misma piedra. Bastaba con que alguien, desde el otro lado, entrara en las cuevas y la tocara. Alguien curioso. Alguien listo. Alguien que no supiera lo que estaba haciendo.
Yawgmoth no tenía prisa. Sabía que tarde o temprano ese alguien llegaría. Los habitantes de Dominaria eran así: siempre cavando en las ruinas del pasado, siempre buscando el próximo gran invento, siempre convencidos de que lo antiguo les pertenecía.
Una chispa de resistencia contra una marea de corrupción.
En Pirexia, hasta el entrenamiento era una forma de selección: el débil no volvía a la arena.
Arena pirexianaPhyrexian Arena
Y un día, después de casi cinco mil años, ese alguien llegó.
Fueron dos, en realidad. Dos hermanos jóvenes, aprendices de una arqueóloga, que bajaron a las cuevas de Koilos con lámparas, cuerdas y toda la ilusión del mundo. Se llamaban Urza y Mishra.
En lo más profundo de Pirexia, por primera vez en milenios, Yawgmoth abrió los ojos.




