Las guerras civiles no empiezan con un gran discurso. Empiezan con pequeñas cosas: un almacén que arde, un consejero que no vuelve a casa, una calle donde de repente nadie se saluda.
Así empezó la guerra de los thran.
Por un lado estaban Rebbec y los que seguían creyendo en la vieja Halcyon, la de las leyes y el consejo. Por otro, Yawgmoth y sus fieles: los enfermos de tisis, los descontentos, los ambiciosos y todos aquellos a los que el médico había prometido un cuerpo nuevo. No era una lucha entre buenos y malos, al menos no al principio. Era una lucha entre dos ideas de lo que significaba ser thran. Y como pasa casi siempre, la idea más peligrosa era también la más atractiva.
Un ejército que no tenía miedo a morir
Los thran tenían armas terribles. Autómatas, torres de energía, máquinas que habrían arrasado cualquier ejército de la Dominaria de aquella época. Pero Yawgmoth tenía algo que ellos no tenían: soldados que ya se sentían muertos.
Los enfermos de tisis no temían a la muerte. La llevaban dentro desde hacía años. Y Yawgmoth, en su laboratorio, había empezado a convertirlos en otra cosa. Les injertaba metal donde la carne fallaba. Les reforzaba los huesos, les cambiaba la sangre, les quitaba el dolor junto con buena parte de lo que los hacía humanos. Salían de sus mesas más fuertes, más rápidos y mucho más obedientes.
"Incluso después de la muerte, se conserva una gran cantidad de biomasa útil".
— Notas de progreso pirexianas
La plaga no acabó con los fieles de Yawgmoth. Los convirtió en otra cosa.
Señor de la peste pirexianoPhyrexian Plaguelord
Los soldados de Rebbec los veían avanzar y no sabían si disparar o llorar. Algunos de aquellos monstruos habían sido sus vecinos.
Hubo una noche, en una de las últimas calles que aún defendían los leales, en que un joven guardia thran reconoció entre los atacantes a su propio hermano. Le gritó su nombre. El otro se detuvo un segundo, ladeó la cabeza como quien oye un ruido lejano, y siguió avanzando. Tenía el brazo derecho cubierto de placas de metal y los ojos muy tranquilos. No había odio en ellos. Tampoco había nada más.
El guardia soltó el arma. Fue el último error que cometió.
Historias así corrían por Halcyon de boca en boca, y cada una hacía más daño que una batalla perdida. Los thran estaban acostumbrados a tenerlo todo bajo control. Aquella guerra les enseñó que hay enemigos contra los que no sirven ni las leyes ni las máquinas.
Gix
Al frente de los fieles más fanáticos estaba Gix. Había sido de los primeros en pasar por las mesas del maestro y de los primeros en pedir más. Cada vez que volvía del laboratorio era un poco menos él y un poco más la idea que Yawgmoth tenía de él. Y le encantaba.
Gix no luchaba por la medicina ni por los enfermos. Luchaba por estar cerca de su señor. Por ser el primero, el favorito, el más perfecto. Esa ambición, que Yawgmoth alimentaba con cuidado, lo convertiría con los siglos en uno de los seres más peligrosos del Multiverso. Y también, a la larga, en uno de sus mayores dolores de cabeza.
Gix aprendió pronto que en el ejército de Yawgmoth solo se obedece o se desaparece.
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El mundo al otro lado
Mientras la guerra se alargaba, Yawgmoth no perdía de vista su verdadero objetivo. No quería gobernar Halcyon. Halcyon era una ciudad vieja, llena de gente que lo despreciaba. Quería aquel mundo de las notas de Glacian.
Así que, mientras sus soldados luchaban, él investigaba. Cuando por fin logró abrir la puerta, la cruzó él mismo, solo, durante unas horas.
Lo que vio al otro lado lo cambió para siempre.
Era un plano pequeño y artificial. No tenía cielo de verdad, ni mares, ni bosques que hubieran crecido solos. Todo en él parecía diseñado: capas y capas de metal, máquinas que respiraban, una lógica fría que lo recorría todo como una corriente eléctrica. Nadie vivía allí. Nadie lo gobernaba. Era una casa enorme y vacía esperando a su dueño.
Ese mundo se llamaba Pirexia. Y desde aquel instante tuvo dueño.
Cinco mil años después, la pesadilla regresó.
Yawgmoth cruzó la puerta como médico. Al volver, ya pensaba como un dios.
Portal hacia PirexiaPortal to Phyrexia
La puerta de Koilos
Rebbec comprendió que no iba a ganar la guerra. Tenía armas, pero Yawgmoth tenía fe, y la fe aguanta mucho más que el metal. Así que decidió hacer lo único que podía hacer: dejarlo marchar.
Si Yawgmoth quería Pirexia, que se la quedara. Pero que se quedara allí.
En unas cuevas profundas de una región llamada Koilos, los thran tenían el gran portal que conducía a aquel mundo. Los fieles del médico empezaron a cruzarlo en masa: enfermos, soldados, criaturas a medio transformar, todos convencidos de que al otro lado les esperaba el paraíso. Yawgmoth los guiaba, sereno, como un pastor con su rebaño.
Rebbec esperó a que pasaran. Y entonces selló la puerta.
Tras años de silencio, en las cuevas vuelve a resonar el espeluznante eco de los pirexianos que se preparan para la guerra.
En estas cuevas se cerró una puerta que tardaría miles de años en volver a abrirse.
Cuevas de KoilosCaves of Koilos
No sabemos cuánto le costó hacerlo. Hay quien dice que sacrificó buena parte de lo que quedaba de la civilización thran para mantener aquella cerradura. Hay quien dice que ella misma no volvió a salir de las cuevas. Lo único seguro es que el portal quedó cerrado, protegido por una piedra de poder enorme, y que durante milenios nadie volvió a ver a Yawgmoth en Dominaria.
Lo que quedó
La civilización thran no sobrevivió a aquella guerra. Sus ciudades se fueron apagando, sus máquinas se quedaron quietas, sus nombres se borraron de la memoria de los pueblos que vinieron después. Miles de años más tarde, los arqueólogos de Dominaria encontrarían sus ruinas y se preguntarían cómo un pueblo tan avanzado había podido desaparecer sin dejar casi rastro.
Lo que no sabían era que una parte de los thran no había desaparecido. Seguía viva, al otro lado de una puerta cerrada. Y no estaba precisamente descansando.
En Pirexia, Yawgmoth miró la puerta sellada durante mucho tiempo. No estaba enfadado. Ni siquiera estaba triste.
—Tengo tiempo —dijo en voz baja, y sus fieles, alrededor, repitieron sus palabras como una oración.
Se dio la vuelta y empezó a bajar hacia las profundidades de su nuevo mundo. Tenía mucho trabajo por delante.



