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Capítulo 2 de 7 · 5 min de lectura

El consejero de la ciudad perfecta

Yawgmoth vuelve a Halcyon con una sonrisa, un maletín y un ejército de enfermos que lo adoran.

Yawgmoth volvió a Halcyon por la misma puerta por la que lo habían echado. Esta vez no salió a recibirlo ningún guardia con cara de asco. Salió a recibirlo la mujer más poderosa de la ciudad.

Rebbec lo llevó directamente a casa. Glacian estaba tumbado en una cama enorme, rodeado de máquinas que pitaban en voz baja y de sirvientes que no sabían qué hacer con las manos. El gran artífice estaba irreconocible: pálido, consumido, con una tos que le sacudía el pecho como si quisiera romperlo.

Yawgmoth lo examinó durante mucho rato. Le tomó el pulso, le miró los ojos, le hizo preguntas que nadie le había hecho antes. Al terminar, se volvió hacia Rebbec con una expresión grave.

—Puedo ayudarle —le dijo—. Pero necesitaré tiempo. Y necesitaré libertad.

Rebbec no lo dudó ni un segundo.

El regreso del exiliado

Con el apoyo de Rebbec, Yawgmoth recuperó en pocos meses todo lo que le habían quitado: un laboratorio, ayudantes, acceso a los archivos. Pero no se conformó con eso. Empezó a frecuentar las reuniones del consejo, primero como invitado y luego como consejero. Hablaba poco y bien. Cuando alguien proponía algo absurdo, él se limitaba a sonreír y hacer una pregunta que dejaba la propuesta en ridículo. Los consejeros que lo habían expulsado empezaron a temerle. Los demás empezaron a admirarlo.

Y mientras tanto, cada pocos días, subía a ver a Glacian.

El artífice mejoraba un poco, luego empeoraba, luego mejoraba otra vez. Nunca llegaba a curarse del todo. Nunca llegaba a morirse del todo. Y cada vez que Rebbec preguntaba qué estaba pasando, Yawgmoth le explicaba con mucha calma que el caso era complicado, que había que tener paciencia, que él estaba allí.

Glacian, ingeniero de las piedras de poder

"Su energía es tan ilimitada como la de las piedras de poder".

— Rebbec, arquitecta de la ascensión

El hombre que iluminó a los thran se fue apagando, día a día, bajo el cuidado del médico.

Glacian, ingeniero de las piedras de poderGlacian, Powerstone Engineer

Muchos siglos después, los sabios de Dominaria seguirían discutiendo qué le pasó realmente a Glacian. Unos dicen que la enfermedad era natural y que Yawgmoth simplemente no supo curarla. Otros, que el médico la alimentaba a propósito para mantener a Rebbec atada a él. Lo que nadie discute es que Glacian nunca volvió a ser el que era, y que su final es una de esas historias que los thran contaban en voz baja, sin ponerse de acuerdo.

Lo que veía Rebbec

Rebbec no era tonta. Al contrario. Pero estaba agotada, asustada, y Yawgmoth sabía exactamente qué decir. La escuchaba cuando nadie más tenía tiempo. La consolaba cuando Glacian, entre fiebres, ni siquiera la reconocía. Le hablaba de un futuro sin enfermedades, de un pueblo thran que por fin dejaría de envejecer y de pudrirse.

Durante una temporada, Rebbec creyó en él. Creyó que el médico que habían echado de Halcyon era en realidad un genio incomprendido, alguien que había visto antes que nadie lo que la ciudad necesitaba.

Hasta que bajó, sin avisar, al laboratorio del fondo.

No sabemos exactamente qué encontró allí. Hay quien habla de mesas alargadas bajo una luz demasiado blanca, de frascos alineados con una pulcritud enfermiza, de cuerpos que no estaban del todo muertos y piezas de metal esperando su turno junto a ellos. Hay quien habla de una máquina thran, de las que se usaban para fundir y moldear, adaptada para un trabajo muy distinto.

Fundición thran

"What we do not use up, we use again."

— Urza

Los thran la inventaron para forjar herramientas. Yawgmoth le encontró otro uso.

Fundición thranThran Foundry

Sabemos que salió corriendo. Que esa noche no durmió. Y que, a partir de ese día, empezó a mirar a Yawgmoth de otra manera.

A la mañana siguiente, él la esperaba en el pasillo, como si nada.

—Habéis bajado al taller —dijo, sin preguntar.

—¿Qué haces con esa gente?

—Lo mismo que hago con vuestro marido, señora. —Yawgmoth inclinó la cabeza—. Intento que dejen de sufrir.

Rebbec no supo qué contestar. Y odió no saberlo.

Los fieles

El problema era que ya era tarde.

Mientras Rebbec dudaba, Yawgmoth había estado construyendo algo. Los enfermos de tisis, los que lo habían adorado en el exilio, habían ido llegando poco a poco a Halcyon, como ayudantes, como criados, como pacientes. Ahora eran miles. Y no eran solo enfermos: muchos thran sanos, ricos, respetados, se habían ido acercando al médico atraídos por sus promesas. Les hablaba de un cuerpo mejor, de una carne que no se rompiera, de máquinas y sangre trabajando juntas.

Entre ellos había uno especialmente devoto, un hombre ambicioso que con el tiempo se convertiría en algo mucho peor que un hombre. Se llamaba Gix, y sería uno de los primeros en entregarse por completo a su maestro.

Gix, magistrado de Yawgmoth

De todos los que siguieron al médico, ninguno lo siguió tan lejos como Gix.

Gix, magistrado de YawgmothGix, Yawgmoth Praetor

A los fieles de Yawgmoth no les importaba lo que pasara en el laboratorio del fondo. Al contrario: muchos se ofrecían voluntarios. Querían ser los primeros en recibir las nuevas curas. Querían ser mejores.

El portal

Hubo una última pieza en todo esto, y es la más importante.

Glacian, en sus años buenos, no solo había inventado las piedras de poder. Había investigado algo mucho más extraño: la posibilidad de abrir puertas a otros mundos. Los thran sabían que Dominaria no era el único plano que existía, aunque viajar entre ellos estuviera fuera del alcance de casi todos. Los trabajos de Glacian apuntaban a un lugar concreto. Un mundo pequeño, cerrado, extraño, que no parecía natural.

Un mundo que alguien, en algún momento, había construido.

Portal thran

Los thran sabían abrir puertas. No siempre sabían adónde daban.

Portal thranThran Portal

Nadie sabe quién lo hizo ni para qué. Pero cuando Yawgmoth leyó aquellas notas, al pie de la cama de un Glacian que ya casi no podía hablar, sintió algo que no había sentido nunca. Ni con sus mejores experimentos. Ni con los aplausos del consejo.

Sintió que aquel mundo lo estaba esperando a él.

La primera grieta

Rebbec tardó en comprender lo que pasaba, pero cuando lo comprendió actuó deprisa. Habló con los consejeros que aún le eran leales. Les contó lo que había visto en el laboratorio. Les explicó lo que creía que Yawgmoth quería hacer con los enfermos, con las piedras y con aquel extraño mundo de las notas de Glacian.

—Hay que pararlo —les dijo—. Ahora. Antes de que sea tarde.

Uno de los consejeros, un anciano que había votado a favor de expulsar a Yawgmoth años atrás, la miró con tristeza.

—Señora —respondió—, me temo que ya es tarde. Medio Halcyon lo llama maestro.

Esa misma noche, en el asentamiento de los apestados, alguien encendió una hoguera muy grande. Y alrededor del fuego, miles de voces gritaron un nombre.

No era el de Rebbec.

Fin del capítulo 2

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