Mucho antes de los hermanos, de las piedras de poder y de cualquier guerra que hoy recuerden los libros de Dominaria, existió un pueblo que había dejado atrás casi todos los problemas. Se llamaban los thran. Sus ciudades flotaban de luz, sus máquinas trabajaban sin descanso y sus calles estaban tan limpias que parecían recién inventadas. La más hermosa de todas era Halcyon.
En Halcyon nadie pasaba hambre. Nadie pasaba frío. Pero la gente seguía enfermando, porque hay cosas que ninguna máquina arregla.
Ahí es donde entra él.
Un hombre que miraba por dentro
Se llamaba Yawgmoth, y era el mejor médico de su generación. Eso no lo discutía nadie, ni siquiera quienes lo odiaban. Tenía unas manos rápidas y una paciencia infinita, y era capaz de escuchar a un enfermo durante horas sin pestañear. Los pacientes lo adoraban, porque Yawgmoth los miraba como si fueran lo único importante del mundo.
Lo que no sabían era que los miraba igual que un relojero mira un reloj.
Para Yawgmoth, el cuerpo era un mecanismo. Uno precioso, sí, pero lleno de errores: huesos que se rompían, órganos que se gastaban, sangre que se ensuciaba. Los thran habían perfeccionado sus ciudades y sus herramientas. ¿Por qué no iban a perfeccionarse a sí mismos?
Antes que dios, antes que monstruo, fue el mejor médico de Halcyon.
Yawgmoth, médico thranYawgmoth, Thran Physician
Para responder a esa pregunta había que saber cómo funcionaba el mecanismo. Y para saberlo había que abrirlo.
La sala cerrada
Empezó con cadáveres, como tantos otros. Pero los cadáveres solo cuentan la mitad de la historia, y a Yawgmoth le interesaba la otra mitad: qué pasa mientras el corazón todavía late. Qué se rompe primero. Cuánto aguanta un cuerpo antes de rendirse.
Nadie sabe con exactitud cuántos experimentos hizo en aquella sala del fondo, con la puerta siempre cerrada y los ayudantes siempre callados. Lo que sí se sabe es que, cuando los consejeros de Halcyon descubrieron lo que pasaba allí dentro, se les heló la sangre.
—Esto no es medicina —le dijo uno de ellos, con la voz temblando.
—Es exactamente medicina —respondió Yawgmoth, tranquilo, casi aburrido—. Es la única medicina que funciona. La vuestra solo pone vendas.
No hubo juicio largo. Los thran eran civilizados, y los pueblos civilizados prefieren no mancharse las manos. No lo encarcelaron ni lo ejecutaron: lo expulsaron. Le quitaron su título, su laboratorio y su nombre en los registros, y lo echaron de Halcyon como quien saca la basura.
Yawgmoth salió por la puerta grande sin mirar atrás. Dicen que sonreía.
Las piedras que lo movían todo
Para entender lo que vino después hay que hablar de las piedras.
Toda la grandeza de los thran se sostenía sobre un invento: las piedras de poder. Cristales capaces de guardar una energía enorme y soltarla poco a poco, durante siglos. Movían los carruajes, encendían las torres, daban vida a los autómatas. El hombre que las había hecho posibles era un genio callado y algo torpe con la gente: Glacian, el gran artífice de Halcyon.
"Su energía es tan ilimitada como la de las piedras de poder".
— Rebbec, arquitecta de la ascensión
Glacian, ingeniero de las piedras de poderGlacian, Powerstone Engineer
Urza's metathran children were conceived, birthed, and nurtured by an integrated system of machines.
Una sola de estas máquinas alimentaba un barrio entero de Halcyon.
Dínamo thranThran Dynamo
A su lado estaba Rebbec, su esposa. Ella también era artífice, y muy brillante, pero tenía algo que a Glacian le faltaba: sabía hablar con el consejo, convencer a los poderosos y pensar en la ciudad como algo más que un taller gigante. Si Glacian inventaba el futuro, Rebbec lo construía.
"Ella ve más allá de la tecnología: ve lo que esta nos permite lograr".
— Glacian, ingeniero de las piedras de poder
Rebbec, arquitecta de la ascensiónRebbec, Architect of Ascension
Ninguno de los dos podía imaginar que, unos años más tarde, el médico expulsado sería la persona más importante de sus vidas.
Los que nadie quería ver
Fuera de las murallas de Halcyon, el mundo era muy distinto. Allí vivían los que no encajaban en la ciudad perfecta: los pobres, los olvidados y, sobre todo, los enfermos de tisis.
La tisis era la gran vergüenza de los thran. Una enfermedad lenta que consumía el cuerpo desde dentro, que llenaba la piel de llagas y dejaba a la gente sin fuerzas. Nadie sabía curarla. Algunos susurraban que la causaban las propias piedras de poder, que tanta energía no podía ser buena, pero eso era algo que en Halcyon no se decía en voz alta. Lo más cómodo era mandar a los enfermos lejos, a asentamientos donde no molestaran.
Y allí, entre los apestados, fue a parar Yawgmoth.
Cualquier otro se habría hundido. Él vio una oportunidad. Por primera vez en su vida tenía cientos de pacientes y ningún consejo que le dijera qué podía o no podía hacer. Los enfermos de tisis no tenían nada que perder, y Yawgmoth les ofrecía lo único que nadie más les había ofrecido: atención.
Les curaba las llagas. Les aliviaba el dolor. Probaba con ellos tratamientos nuevos, algunos muy extraños, y a veces funcionaban. Cuando no funcionaban, los enfermos morían igual que habrían muerto sin él, así que nadie se quejaba.
"Your life was meaningless, but your death will glorify Yawgmoth."
— Tsabo Tavoc
Entre los apestados aprendió que la gente entrega cualquier cosa a quien le promete aliviar el dolor.
Altar PirexianoPhyrexian Altar
Con los años, los exiliados dejaron de verlo como un médico. Empezaron a verlo como un salvador. Le llevaban comida, le construían casas, le pedían consejo para todo. Él escuchaba, asentía y apuntaba cosas en sus cuadernos.
Una noche, uno de sus pacientes más jóvenes, al que había arrancado de la muerte con un tratamiento que nadie más se habría atrevido a probar, se arrodilló delante de él.
—Haré lo que me pidas —le dijo—. Lo que sea.
Yawgmoth le puso la mano en el hombro, con la ternura de un padre.
—Lo sé —respondió—. Por eso estás vivo.
Una visita inesperada
Pasaron los años. En Halcyon casi se habían olvidado del médico loco. Hasta que, un día, un carruaje thran se detuvo a las puertas del asentamiento de los apestados. De él bajó una mujer elegante, con el rostro cansado de quien lleva muchas noches sin dormir.
Era Rebbec. Y venía a pedir ayuda.
Glacian, el hombre que había iluminado la civilización entera, se estaba muriendo. Ningún médico de la ciudad sabía qué tenía. Y Rebbec, desesperada, había hecho lo que nadie en Halcyon quería hacer: buscar al único sanador que había sido capaz de mirar más allá de las normas.
Yawgmoth la recibió con una reverencia perfecta.
—Señora —le dijo—. La estaba esperando.




