Sorin conocía a alguien que llevaba mucho tiempo estudiando a los eldrazi. Alguien que no era vampiro, ni kor, ni humano. Cuando se lo presentó, Nahiri tuvo que echar la cabeza muy atrás para verle la cara.
Era un dragón. Un dragón enorme, de escamas de un gris claro, casi blanco, como hueso pulido o niebla al amanecer. Hablaba despacio, con una voz que parecía venir de muy lejos, y no tenía prisa por nada. Se llamaba Ugin, y era el primero de todos los que habían visto a los titanes con algo más que miedo: con curiosidad.
Los Tres
Ugin tenía una teoría. Los eldrazi no eran del todo criaturas. Lo que se veía de ellos en cada plano, aquellas moles de hueso y tentáculos, era solo una parte, como la sombra que proyecta una mano en la pared. Su verdadero cuerpo estaba fuera, en el vacío entre los mundos. Por eso no se los podía matar: cualquier herida que se les hiciera era una herida a una sombra.
Pero si conseguían obligarlos a meterse enteros en un solo plano, a ocupar un cuerpo de verdad… entonces quizá podrían atarlos. No matarlos. Encerrarlos.
Un dragón que miraba a los devoradores de mundos con curiosidad en lugar de miedo.
Ugin, el dragón espírituUgin, the Spirit Dragon
Para eso hacían falta tres cosas. Alguien que atrajera a los titanes. Alguien que los atara con una magia capaz de tocar lo que no tiene forma. Y alguien que construyera una jaula capaz de aguantar lo que nunca había aguantado nada.
Sorin sería el cebo. Ugin, el que ataba. Y Nahiri, la constructora.
Así nacieron los Tres. Un vampiro, un dragón y una joven kor con piedras en las manos.
El mundo elegido
Ugin eligió el plano. Necesitaba un mundo con mucho maná, mucha vida y una tierra lo bastante viva como para sostener una prisión del tamaño de un planeta. Recorrió el Multiverso buscando, y al final volvió con una respuesta que a Nahiri le heló la sangre.
Zendikar.
Su casa. Sus clanes. Sus cuerdas, sus puentes, sus cielos abiertos. Ugin le explicó, con aquella calma suya, que no había otro lugar igual: la energía del plano corría por debajo de la tierra como ríos, y esos ríos podían servir de barrotes. Sorin no dijo nada. Nahiri pensó en negarse. Y luego pensó en el polvo blanco del mundo sin nombre, y supo que si no lo hacía allí, los eldrazi acabarían llegando a Zendikar de todos modos, sin jaula ninguna esperándolos.
Dijo que sí. Fue la decisión más difícil de su vida, y la tomó ella sola.
Los hedrones
Durante mucho tiempo, Nahiri trabajó sin descanso. Sacaba la piedra de las montañas, la doblaba, la alargaba, la tallaba en formas que nadie había visto antes: enormes prismas puntiagudos, como lanzas de dos puntas, cubiertos de símbolos que Ugin le iba dictando. Los llamaron hedrones. Cada uno era una pieza de un mecanismo. Juntos, repartidos por todo Zendikar, formarían una red.
"Estás comenzando a entender el verdadero propósito de los edros", dijo Ugin. "Los Eldrazi pueden ser encerrados"."¿Y qué tal funcionó el sistema la última vez?", preguntó Jace.
Cada símbolo tallado era un barrote. Nahiri talló miles.
Edro de almacenajeHedron Archive
Ugin colocaba los hedrones siguiendo las líneas de energía del plano, de forma que la propia tierra alimentara la prisión. Había una regla que repetía una y otra vez: esas líneas no debían alterarse nunca. Si alguien movía las piezas equivocadas, la jaula entera podía empezar a ceder.
Nahiri llenó de hedrones montañas, selvas, desiertos y el fondo de los mares. Algunos los enterró a kilómetros de profundidad. Otros los dejó flotando en el aire, girando despacio sobre los abismos, y los kor de los alrededores empezaron a mirarlos con un respeto supersticioso que ella no se molestó en corregir.
El Ojo
El corazón del sistema estaba en las montañas de Akoum, dentro de una cámara excavada en la roca. Allí se concentraba todo el poder de la red, y allí se guardaba la llave. Para abrir o cerrar la prisión hacían falta tres chispas de planeswalker a la vez y el aliento de Ugin, un fuego fantasmal, sin color, que no quemaba la carne sino la esencia de las cosas. La llamaron el Ojo de Ugin.
Gotas de un mar de ideas, hasta que el dique se rompe y la inundación se abre paso.
La cerradura del mundo. Hacían falta tres chispas y un dragón para girarla.
Ojo de UginEye of Ugin
Cuando todo estuvo listo, Sorin hizo su parte. Atrajo a los titanes hasta Zendikar, y los titanes llegaron. Nahiri los vio aparecer en el cielo de su mundo, y esta vez no eran una sombra en el horizonte. Eran tres: Ulamog, con su máscara de hueso; Kozilek, una forma rota y brillante que hacía que la realidad se torciera a su alrededor; y Emrakul, la más grande, una masa de tentáculos tan inmensa que tapaba el sol.
Cerca de él, hasta las piedras dejaban de estar seguras de su forma.
Kozilek, asesino de la verdadKozilek, Butcher of Truth
Ugin los envolvió con su fuego fantasmal y los obligó a entrar enteros en el plano. Los hedrones se encendieron uno tras otro, de punta a punta de Zendikar, y la red se cerró sobre ellos como un puño de piedra. Los titanes se hundieron bajo la superficie. Y se quedaron quietos.
Dormidos.
La que se quedó
Cuando todo terminó, los Tres se separaron. Ugin se marchó a seguir con sus estudios. Sorin volvió a Innistrad, donde los problemas de su propia especie empezaban a preocuparle. Antes de irse, acordaron una cosa: si la prisión fallaba alguna vez, Nahiri los llamaría, y ellos vendrían.
Nahiri se quedó. Alguien tenía que vigilar.
Durante mucho tiempo, protegió Zendikar de todo lo que pudiera poner en peligro la jaula. Hubo amenazas de dentro y de fuera, y alguna de ellas con nombre propio: cuentan que incluso un demonio planeswalker, Ob Nixilis, sintió el peso de uno de sus hedrones cuando quiso jugar con lo que no debía.
Con su chispa perdida, planea venganza contra el plano cuyo maná corrompido fracturó su alma.
Hasta un demonio aprendió que no se juega con los hedrones de Nahiri.
Ob Nixilis, el caídoOb Nixilis, the Fallen
Ella no se quejaba. Era su mundo. Era su obra. Y estaba segura de que, si un día las cosas salían mal, no estaría sola.
Se equivocaba, claro. Pero eso aún tardaría siglos en saberlo.
La historia de los titanesLos Eldrazi: los titanes del vacíoQué son los eldrazi, de dónde vienen y cómo acabaron los tres titanes encerrados por Nahiri, Sorin y Ugin. El tercero de los TresUgin y Nicol Bolas: dos dragones, un mismo huevoEl dragón espíritu que ayudó a construir la prisión tenía un hermano gemelo. Y no se parecían en nada.




