Saltar al contenido
0

Capítulo 1 de 6 · 5 min de lectura

La niña que escuchaba la piedra

Una joven kor con un don para la piedra aparece en Innistrad, y un vampiro decide no echarla.

Los kor de Zendikar no construían ciudades. Para un pueblo que vivía en un mundo donde la tierra se movía, donde las montañas se partían de un día para otro y las rocas echaban a volar sin avisar, quedarse quieto era la forma más rápida de morir. Así que los kor caminaban. Colgaban sus campamentos de cuerdas y garfios, cruzaban abismos sobre puentes de soga y llevaban todo lo que tenían a la espalda.

Nahiri nació en uno de esos clanes, hace tanto tiempo que ningún mapa de hoy recuerda los nombres de entonces. Y desde muy pequeña tuvo claro que ella no iba a llevar las cosas a cuestas. Ella iba a hacer que las cosas la siguieran.

La que escuchaba la piedra

Los adultos del clan fueron los primeros en notarlo. Cuando Nahiri se sentaba sobre una roca, la roca se templaba. Cuando pasaba la mano por una veta de mineral, la veta parecía moverse hacia sus dedos, como un gato que busca una caricia. A los cinco años levantó un guijarro sin tocarlo. A los diez, le dio forma de punta de lanza solo con mirarlo fijamente durante una tarde entera.

Los kor tenían una palabra para gente como ella: forjadores de piedra. Artesanos capaces de sacar armas y herramientas del mineral como quien saca agua de un pozo. Pero lo de Nahiri iba más allá. Ella no tallaba la piedra. La escuchaba. Y la piedra le contestaba.

Mística fragua de piedra

Entre los kor, forjar en piedra era un oficio. Para Nahiri era un idioma.

Mística fragua de piedraStoneforge Mystic

Aprendió a fundir el metal sin fuego, a doblar una losa como si fuera arcilla, a hacer flotar bloques enteros sobre el vacío para que su clan cruzara un barranco. Le gustaba sentarse en el borde de los abismos al caer la tarde, con las piernas colgando sobre el vacío, y escuchar las rocas flotantes. Cada una tenía su propio murmullo, grave o agudo según su tamaño, y Nahiri aprendió a distinguirlas como otros niños distinguían el canto de los pájaros. Cuando alguna se alejaba demasiado, la llamaba con un gesto, y la roca volvía despacio, obediente.

Los ancianos la miraban con una mezcla de orgullo y prudencia. Un don así, en un mundo tan inestable, podía salvar a muchos. O podía atraer cosas que era mejor no atraer.

Pescadora celeste kor

"A veces atrapo algo inesperado, pero sé que su propósito será revelado con el tiempo."

Un pueblo que vivía entre cuerdas y vacío. Una niña que hacía flotar los puentes.

Pescadora celeste korKor Skyfisher

El primer salto

Su chispa de planeswalker despertó cuando todavía era joven. Nadie sabe ya cómo fue exactamente; quizá ni ella misma lo recuerda bien después de tantos siglos. Lo que sí se sabe es adónde la llevó.

A Innistrad.

Imagina el cambio. De un mundo de luz intensa, selva y cielos abiertos, a un plano de niebla, de iglesias de piedra gris y de bosques donde algo aullaba por la noche. Nahiri apareció allí sin saber dónde estaba ni cómo había llegado, y lo primero que encontró fue a alguien que no debía haber encontrado.

Un vampiro.

Era alto, pálido, de cabello blanco y ojos dorados, y tenía un aire de cansancio antiguo que no encajaba con su cara joven. Se llamaba Sorin Markov. Era también planeswalker, y en cuanto la vio supo lo que era ella. Habría sido muy fácil echarla de su plano, o algo peor. Sorin no hizo ninguna de las dos cosas.

Se quedó mirándola un rato, con la cabeza ladeada, como quien encuentra algo interesante en un lugar inesperado. Y luego le preguntó de dónde venía.

Un maestro poco corriente

Así empezó la amistad más larga y más extraña de la vida de Nahiri. Sorin le enseñó lo que significaba ser planeswalker: que el Multiverso era inmenso, que cada mundo tenía sus propias reglas, que la mayoría de los seres que encontrarían por el camino no entenderían jamás lo que ellos eran. La llevó de plano en plano. Le enseñó a viajar sin perderse, a reconocer el peligro antes de que la mordiera, a no confiar en nadie demasiado rápido.

Ella le enseñó a él cosas que Sorin nunca reconocería en voz alta: a reírse, de vez en cuando; a sorprenderse; a preocuparse por alguien sin que fuera una debilidad.

Sorin Markov

Un vampiro que podía haberla echado de su plano. Prefirió enseñarle el resto del Multiverso.

Sorin Markov

Con los años, Sorin llegó a tratarla casi como a una hija. Nahiri, por su parte, lo admiraba con la fe absoluta de quien no ha visto todavía a su maestro fallar en nada. Él siempre sabía qué hacer. Él siempre tenía un plan. Él nunca la dejaría tirada.

Eso pensaba ella.

Un mundo que dejó de existir

En uno de aquellos viajes llegaron a un plano del que hoy nadie recuerda el nombre. Y no lo recuerda nadie porque ya no existe.

Lo vieron desaparecer.

Primero fue una sombra en el horizonte, tan grande que Nahiri pensó que era una cordillera. Luego la cordillera se movió. Era una criatura imposible, hecha de placas de hueso y de tentáculos que flotaban en el aire como velas sin barco. Allí donde pasaba, la tierra perdía el color. La hierba, los árboles, las ciudades, la gente… todo se convertía en un polvo blanco y seco que el viento se llevaba sin ruido.

Ulamog, la espiral infinita

Nahiri creyó ver una montaña en el horizonte. La montaña estaba comiendo.

Ulamog, la espiral infinitaUlamog, the Infinite Gyre

Sorin le explicó, con una voz que ella nunca le había oído, lo que era aquello. Un eldrazi. Un ser venido del vacío que hay entre los planos, uno de tres titanes que vagaban por el Multiverso devorando mundos enteros sin odio ni propósito, como una plaga que no sabe que lo es. Aquel se llamaba Ulamog. Y no estaba solo.

Nahiri se quedó mirando el polvo blanco mucho tiempo. Pensó en Zendikar, en sus clanes colgados de las cuerdas, en las rocas que flotaban sobre los abismos. Pensó en lo que pasaría si una de aquellas cosas llegaba allí.

—No se los puede matar —dijo Sorin—. Lo han intentado.

—Entonces habrá que hacer otra cosa —contestó ella.

No sabía todavía qué. Pero aquella fue la primera vez que Nahiri miró un problema enorme y, en lugar de asustarse, empezó a pensar en piedras.

Nahiri, la litomante

La niña que escuchaba la piedra estaba a punto de construir la cárcel más grande del Multiverso.

Nahiri, la litomanteNahiri, the Lithomancer

El maestro de NahiriSorin Markov: el guardián imperfectoQuién era el vampiro que acogió a Nahiri en Innistrad, y por qué un depredador acabó protegiendo a sus presas.

Fin del capítulo 1

Siguiente · Capítulo 2La jaula de hedronesUn vampiro, un dragón y una kor encierran a los titanes eldrazi bajo Zendikar.Seguir leyendo →

En esta historia: NahiriSorin MarkovUginAvacynLos titanes eldraziOlivia VoldarenJace BelerenNissa Revane