El que se ofreció fue un demonio llamado Shilgengar.
Le susurró a Edgar que la respuesta estaba en la sangre. No en la sangre de cualquiera: en la de un ser inmortal. Si Edgar era capaz de conseguirla, podría hacer suya esa inmortalidad.
Edgar y sus hijos tendieron una trampa. Atraparon a un ángel, Marycz, en el laboratorio de la mansión, y le arrancaron la sangre hasta la última gota. Con ella, Edgar preparó un brebaje.
Funcionó. Edgar dejó de envejecer. Su cuerpo se volvió fuerte, sus sentidos más agudos que nunca, y la muerte dejó de tener prisa por llevárselo.
Pero el regalo de Shilgengar tenía un precio, como todos los regalos de los demonios. Los que bebían aquel brebaje necesitaban alimentarse de la sangre de otros para seguir existiendo. Edgar Markov ya no era un hombre. Era el primer vampiro de Innistrad.
Guardián de la línea de sangre Bloodline Keeper
De aquella mansión y de aquella sangre nacerían todas las grandes estirpes de vampiros del plano.

